Historias cotidianas que solemos ignorar

Gordos

Al estar gorda lo que más pesa es el estigma

Mónica González Martínez tiene un cuerpo grande

“No puedo recordar cuándo empecé a sentir vergüenza de mi cuerpo. No sé cómo ni por qué comencé a sentir esa frustración por no cumplir con los cánones de belleza establecidos. Tenía un sentimiento constante de no valía, ya que mi autoestima se basaba casi al cien por cien en mi apariencia física”.

Dice Mónica González Martínez en su página web Sanamente Mónica. Mónica tiene 38 años y pesa 135 kilos. Es de Cuenca, pero hace años que vive en Madrid.

Mónica es muy sonriente, expresiva y transmite fuerza. Mueve brazos, manos y todo su cuerpo cuando habla. Y habla mucho. Para nuestra cita ha elegido en primer lugar una cafetería que tiene una vitrina con tartas y dulces varios. Luego iremos a su casa, pero ha querido empezar aquí. “En un sitio así está la culpabilidad por comer cosas que supuestamente no puedes comer. Es uno de los sitios que te puede despertar esa culpabilidad, que yo es una de las cosas que más he trabajado. Cada día gestiono mejor eso, pero el resorte instintivo es sentirse culpable”. Ella ha venido sin desayunar. Hasta bien avanzada la entrevista no pide su desayuno: una tostada con aguacate.

“Te digo una cosa, yo llegué a sentirme culpable por comer. Punto. No solo dulce. Yo creo que eso va a ser así siempre porque al final es un estigma con el que llevas años. Hoy por hoy sigue pasando pero lo gestiono, se va minimizando cada día que pasa. Me gustaría tener una relación sana con la comida. Una relación en la que no haya ansiedad, culpabilidad, en la que haya libertad”.

Estar gorda y tener buena salud

“Hace unos años me llegó un movimiento que se llama Salud en Todas las Tallas. Lo escuché en boca de Mireia Hurtado. La salud no la da un número en la báscula, porque entonces todas las personas delgadas están sanas y las gordas insanas. Porque tú vas al hospital y todos son gordos, ¿no sabes?”, dice riendo con ironía. “Lo que da la salud no es solo lo que comes y el ejercicio, sino cómo te sientes cuando comes, por ejemplo. Cómo te relacionas con tu cuerpo, con la comida, con los demás. Esto me parece que se acerca más a la realidad. Es un concepto de salud amplio, no solo físico, sino también emocional, psicológico”.

“Yo estoy en proceso de estar sana. Intento ser sana porque sigo sintiéndome culpable cuando como. Creo que mi metabolismo está muy tocado porque llevo desde los 7 años haciendo dieta. Las propias dietas son las que generan en muchos casos una mala relación con la comida. Entras en un bucle de mentalidad dieta. O me lo como todo o estoy a dieta. No tengo azúcar, no tengo colesterol, pero pensar eso de mí es gordofobia. Pensar que por mi tamaño tengo mala salud es gordofobia. Los estudios que vinculan el riesgo de tener enfermedades con tener un peso determinado tampoco tienen en cuenta muchas veces los factores de estigmatización a los que se someten a las personas gordas. Esto genera un estrés y un malestar que sabemos muy bien que afecta muchísimo a la salud porque el cortisol, que es una hormona del estrés, genera muchísimas enfermedades”.

“Yo siempre he hecho deporte. Mi estilo de vida creo que es bastante más saludable que el de la media y sin embargo mi cuerpo tiene un tamaño que creo que tiene mucho que ver con el número de dietas que he hecho y con cómo he sometido a mi metabolismo con un montón de maltrato”.

“En la medicina a veces pasa que no atienden tu necesidad real porque todo pasa porque estás gorda. Tú llegas al médico y le dices ‘me duele la espalda’ y su respuesta es ‘te duele la espalda porque estás gorda’. Te pase lo que te pase es porque estás gorda y te quedas sin saber por qué te duele la espalda o lo que sea”.

Gordofobia, gorda y cuerpo grande

“En Instagram tengo una campaña de #visibilizalagordofobia. ¿Has visto la definición de gordo en la RAE? Mira, te la voy a leer. La acepción número siete dice: torpe, tonto y poco avisado. Menos mal que dice también que esa acepción está en desuso. Pero el lenguaje importa”.

“Es que eres muy guapa de cara… Eso es gordofobia. O qué guapa estás, ¿es que has adelgazado?”, dice con una carcajada. “Pues eso también es gordofobia. Yo soy la primera que he caído en la gordofobia conmigo misma. La gordofobia es todavía una cosa de ‘qué exageración’, ‘no es para tanto’, ‘no seas exagerada’. No estamos visibilizados, no se habla de nosotros en ninguna parte. Salvo ahora, que creo que se está generando un movimiento. Yo entiendo que la gordofobia no es un problema solo de gordos, sino de toda la sociedad. Porque si es el miedo a lo gordo, eso lo tiene la sociedad, tememos ser gordos. Nos lleva al postureo, a construir nuestra autoestima en base a lo que piensan los demás. Cuando yo bailaba tenía compañeras que yo decía ‘qué pibón’ y veía que tenían los mismos problemas que yo. Y yo vamos a ver, aquí pasa algo”.

Da la razón a Mónica un estudio presentado hace unos años por la Psychology of Women Quarterly que aseguraba que “el 93% de las mujeres ha afirmado en un momento u otro sentirse gordas. Y un tercio de ellas lo hace continuamente” con independencia de su peso.

Mónica no siempre usa la palabra gorda. También emplea cuerpo grande. “Tengo una contradicción dentro de mí misma. Gordo tiene unas connotaciones negativas, hay gente que se siente ofendida. A mí hoy me dicen gorda y no pasa nada, pero intento decir cuerpo grande porque no tiene esa connotación negativa. Pero también creo que si no usamos gorda no lo visualizamos como una palabra que en realidad se refiere a una característica”.

“Yo me siento identificada con la palabra gorda. Cuando yo era muy pequeña la aceptación corporal no la aprendías, los niños la traen innata, y a mí cuando me insultaban y me llamaban gorda no lo entendía. Es como si yo le decía a uno ‘es que eres alto’, que es otra característica más. Con gorda he recuperado ese concepto que tenía desde siempre”.

Cuando Mónica González Martínez empezó a bailar cambió la percepción de su cuerpo
Mónica ha hecho dietas desde los 7 años.

Bullying por estar gorda

Mónica entra en Instagram y me enseña una foto de cuando era niña. “Yo no tenía obesidad, no estaba como ahora. Para que veas cómo era yo. Pero yo era más grande que las demás”. Y es verdad. “Cuando yo era pequeña tenía más masa muscular que los demás. Era más grande y eso era un estigma. Recibía mensajes de que mi cuerpo no era válido por parte de médicos, familia, amiguitos. Entonces en mí se empezó a generar una idea de que mi cuerpo no era válido, pero que si lo fuera, sería más digna de ser amada. Y empecé a idealizar otros cuerpos”.

“Yo sufrí bullying. Comentarios sobre mi peso, me pegaban, comentarios sobre mi cuerpo… Rechazo al final, verte sola muchas veces. Yo achacaba todo eso a que como yo no tenía el cuerpo que había que tener, validaba que a mí se me pegara. El dolor de la víctima de bullying no es que te insulten, es que te lo crees. El bullying entra dentro del ADN porque confías más en la opinión del otro que en la tuya. Por eso el bullying hace tanto daño”.

“Cuando llegas a la adolescencia te toca contrastar lo que tú eres con el grupo. Imagínate, estás vendida. Si tú crees que es más importante lo que opina el otro que lo que opinas tú… Yo tenía unas creencias que eran demoledoras. Yo pensaba que no iba a tener pareja, que no le iba a gustar a ningún chico, pensaba que era menos digna para ser amada, que no iba a tener un buen trabajo, que no podía hacer deporte igual que los demás, que no tenía derecho a comer. Otra creencia que yo tenía era que yo no me ponía cierta ropa, yo no podía ser sexy. Cómo yo, que era gorda, iba a ponerme eso. Cuando te sientes mal te dices cosas superfeas, las peores cosas me las he dicho yo: ‘Tía, das asco’. No me he puesto minifalda hasta muy de mayor”.

“A mí me gustaba bailar desde que era una niña y no pude desarrollar mi pasión. Cuando era pequeña hacía gimnasia rítmica porque me flipaba. Y en las clases de danza y en gimnasia hay mucha gordofobia, eso lo sabemos todas, es así. Entonces claro mi cuerpo no encajaba y mi vocación-pasión, que ha sido bailar desde los 2 años… pues se instaló en mí una creencia de que yo no podía bailar”. No quería hacer actividades que evidenciaran que su físico era diferente, por eso renunció a bailar y a la gimnasia.

A dieta desde los 7 años

“Con esta movida empecé a hacer dieta con 7 años, prescrita por un médico, claro. Porque como el índice de masa corporal te lo sacan solo de medida y peso, no miran nada más, pues a mí siempre me salía alto. No veían que a lo mejor a mí también podían pesarme los músculos”.

“Empecé con una dieta detrás de otra”. Ahora se ríe cuando me recomienda que vea un vídeo titulado Cultura de la delgadez, “real como la vida misma”. El vídeo es duro, habla de cómo es vivir en una dieta casi constante. Incluye frases como: “Un sistema de creencias que adora la delgadez y la equipara con la salud y virtud moral”.

“Para mí lo normal era estar a dieta y preocupada por mi físico. Pero esto no soy solo yo, somos prácticamente todas las mujeres”. En su página web afirma: “Esta situación me llevó a hacer dietas estrictas, a criticarme un montón, a sentir vergüenza de mí misma casi todo el tiempo”.

“Todo lo solucionamos con dieta y restricción cuando queda claro que no funciona y que incluso estos comportamientos de control-descontrol y las frustraciones asociadas estresan nuestro cuerpo generando, por un lado, mayor ansiedad con la comida y, por otro, predispone al cuerpo a engordar”.

“Poco antes de los 30 viví un proceso de tristeza absoluta, no veía salida. Entonces tenía pareja. Fui al psicólogo por primera vez. Recuerdo que le dije: ‘Cuando adelgace, me voy a bailar’. Y me dijo: ‘¿Y por qué no vas a bailar y así adelgazas?’. Me dio que pensar”.

¿Es que no puedes bailar si estás gorda?

Unos años antes de eso, al llegar a Madrid, ya había empezado a bailar después de no hacerlo desde que era niña. “Pero sentía que mi cuerpo no era lo suficientemente bueno como para apuntarme a jazz, que era lo que a mí me gustaba, y me apunté a baile de salón. Años después empecé a bailar danza de una manera más orientada a lo que a mí realmente me gustaba, que era el modern jazz. Me atreví a ir a una escuela profesional de danza. Y claro, allí la gente bailaba que flipas en colores. Salí muchos días llorando, pero para mí fue una historia de superación, un proceso de transformación. Enfrentarte a bailar delante de un espejo no es fácil. Te ves fea, gorda, ves mucha mierda ahí. ¿Tú sabes las veces que yo he pensado qué cojones haces aquí, qué necesidad tienes? Pero la danza me ha hecho enfrentarme y salir vencedora de todas mis mierdas. Empecé a ver que mi realidad no tenía que ser así y empecé a ver una luz en esa tristeza que me había llevado al psicólogo”.

“La danza me transformó mucho y en aquella época decidí ‘cuidarme’. Hice una dieta definitiva”, dice con una carcajada mientras mueve los brazos como si estuviera dando la noticia más importante de su vida. “Era una dieta muy restrictiva de batidos de proteína. Bajé mil kilos y me quedé hiperdelgada. Bueno, a ver, para mí es hiperdelgada. Esto es lo más delgada que he estado yo. Para mí eso es superdelgada”, dice mientras echa mano de Instagram y me enseña una foto de aquella época. Efectivamente su cuerpo había cambiado mucho.

“Ya había conseguido mi sueño”, dice poniéndose las manos en la cabeza mientras se ríe. “Porque yo seguía pensando que todo lo que me pasaba era porque era gorda. Entonces cuando adelgacé me di cuenta de que mis problemas seguían ahí aunque mi vida era algo más cómoda porque me sentía más aceptada. Cosa que no depende de mi peso sino de la actitud de los demás en relación a mi peso. Echaba de menos a la persona gorda que yo era porque me cabreaba que ahora fuera más aceptada que antes, si yo antes era la misma. Yo tenía un refuerzo exterior acojonante. La gente me decía cosas como: ‘Ahora sí que has apostado por tu salud’ –mientras a mí se me estaba cayendo el pelo por culpa de la dieta–. Así que había una parte de mí que estaba superfeliz, pero había esa dualidad dentro de mí”.

Tras “la dieta definitiva”, en “un año cogí 40 kilos. Yo creo que todas las dietas tienen un efecto rebote. Cuando volví a mi peso, similar al que tengo ahora, para mí fue la ansiedad máxima. Engordé en dos años más de lo que había adelgazado y me juré que nunca más iba a pasar por un proceso de adelgazamiento y he cumplido. Llevaba desde los 7 años a dieta y qué había conseguido. Yo cada vez tenía más peso y tenía una vida medianamente saludable: bailaba, iba al gimnasio, jugaba al pádel”.

“No me avergüenzo de mi cuerpo”

Mónica vino a Madrid antes de esto, con 23 años. A pesar de sus miedos donde no ha tenido problemas ha sido en el terreno laboral “porque lo que más me reforzó mi madre es que era inteligente. Ahí no tenía una creencia limitante”. Lleva años trabajando en banca y ahora en comunicación interna dentro del mismo sector.

No se dedica a su pasión, el baile, pero sigue bailando. “Cuando me apunté a baile de salón fue porque creía que se acomodaba más a mi condición física. Cómo me voy a meter yo a hip hop, pensaba. Y eso que estaba mucho más delgada que ahora. Era la más joven de la clase en baile de salón”, dice riéndose. “Tres años después fue cuando decidí ir a clases de jazz. El profesor me dijo: ‘Perdona, no sé si sabes que esto es una clase de danza’. Yo me quería morir. Encima que había tenido el valor de ir. Pero me quedé”.

“La gente flipa cuando me ve bailar. A mí la danza es lo que me hizo hacer el clic, me ha ayudado tanto… Tenía una profesora de flamenco que siempre decía: ‘Lo que tú le das a la danza, te lo devuelve siempre multiplicado’, y es verdad. Hace años me di cuenta de cómo me estaba tratando y de que no era justa con mi cuerpo, de que yo era más que todo eso. Conseguí ser dueña de mi vida y realizar mis sueños sin que mi cuerpo o cómo luciera para los demás me condicionara. A veces me miran, pero paso. Hay personas que te miran mal, pero yo en general ahora lo que siento es ‘¡joder, con los kilos que tiene y mírala!’. Yo sé que mi poder está ahí”.

“No me avergüenzo de mi cuerpo. Me avergoncé hasta que empecé a verlo como es, un instrumento y no un adorno. Hasta que empecé a valorarlo por la funcionalidad que tiene: respirar, vivir, comer, sentir placer… Es un templo de maravillosidad, ¿has visto una máquina más perfecta en la vida?”.

Mónica estaba empezando a vivir la vida desde otro lugar. “Desde un sitio de amor. Intento vivir con compasión, que no es complacencia, es ser responsable con una misma y comprensiva, no ser una tirana conmigo misma”.

Mónica González Martínez está gorda
La vida de Mónica cambió cuando se dio cuenta de que no había sido justa con su cuerpo.

Confianza corporal o aceptación corporal

Mónica tiene su trabajo y además baila. Pero esto no es todo, también es coach de empoderamiento corporal. “Acompaño a mujeres que quieran aumentar su bienestar mejorando la relación consigo mismas. Me gustaría decir que acompaño a hombres, yo estaría encantada, pero la realidad es que todavía no ha venido ninguno”.

En su web lo explica así: “Concienciar de la importancia de tener autoestima corporal y de que va más allá de aceptar nuestros cuerpos y conseguir vernos guapas, de que consiste en liberarnos de la presión de tener que serlo para poder ser valiosas”. Mónica trabaja la confianza corporal o la aceptación corporal, “que es dejar de pelear con tu cuerpo y hacer las paces con él. Y eso implica que por lo menos te respetes, que te mimes hablándote con amor a ti misma”.

Mónica critica el contexto sociocultural, la industria de la belleza. “El concepto es ser follable, con perdón, pero es así. Las mujeres tenemos una necesidad brutal de sentirnos atractivas, de ser guapas, de gustar, de ser agradables, de ser un adorno. Que es como nos vemos, como nos sentimos, como un objeto y no como un sujeto. La confianza corporal es hacerte ser sujeto y no objeto”.

“Antes te decía que el leguaje importa. Qué decimos las mujeres: me voy a arreglar… ¿¿¿¿Me arreglo???? ¿¿Estás mal y te tienes que poner bien?? ¿¿Vas a ponerte correcta?? Cuando tú estás ‘arreglándote’ no estás pendiente de si estás cómoda o no, estás pensando cómo me van a ver cuando llegue al sitio donde he quedado y a ver qué dicen de mi. Y eso se llama ser objeto. Estoy hablando de un estigma y de una esclavitud que tenemos todas las mujeres. Yo lo he aprendido a raíz de mi gordura”.

“El hecho de aceptarse no quiere decir dejarse, es ser cada vez más sujeto y menos objeto. ¿Esto quiere decir que no te tiene que preocupar tu apariencia? Por supuesto que no, lo que yo estoy diciendo es hasta qué punto es importante la apariencia para ti. Yo me visto por cómo me siento yo con esta ropa y no por cómo me van a ver los demás. ¿Quiere esto decir que te da igual cómo es tu físico, cómo es tu apariencia? No, pero no es lo prioritario en tu vida. Esa es la diferencia”.

“Ahora intento elegir libremente lo que como, sin ansiedad y apelando a la compasión conmigo misma. Intentando no sentirme culpable cada vez que como, permitiéndome comer lo que quiero. Eso significa elegir para mí en cada momento a nivel emocional y a nivel físico. Si yo el sábado tomo el aperitivo con una amiga, ese día como lo que me da la gana y como con gozo. Liberarme de la ansiedad a través de la comida. Si estoy en casa triste, trato de no comer. Yo no como más que la media de los amigos que tengo. Ese es otro de los estigmas que tengo. Eres así porque te da la gana. Y te dicen que tienes falta de voluntad. No necesariamente tiene que ser porque comes muchísimo. Mi relación con la comida intento que sea lo más saludable posible. Intento comer despacio –esto está relacionado con la ansiedad–, queriéndote, porque si no, no funciona. Es imposible si no te aceptas corporalmente porque vas a seguir haciendo las cosas para adelgazar porque no te quieres. Lo haces desde el odio a ti misma y no desde el amor. Muchas veces comemos saludable porque nos rechazamos, porque no nos gustamos o vas al gimnasio porque no te quieres y quieres cambiar para empezar a quererte. Yo creo que la revolución está justamente ahí”.

“Yo soy una tocacojones, así de claro”, dice riéndose. “Soy incómoda, cosa que me encanta, porque con mi sola presencia rompo estereotipos. Yo lo que te digo es: es igual que seas guapa que no. Por eso es tan incómodo lo que digo. Me encantaría ser la revolucionaria de la diversidad corporal. Me encantaría hacer reflexionar a la sociedad y que todo esto cambiara. No por ego, es que es tan importante, hay tanta gente pasándolo mal… Por eso si alguien lee esto y siente un poquitillo de alivio ya merece”.

Suscríbete gratis y recibirás en tu correo cada nueva historia

4 Comentarios

  1. Adriana Parra

    Hola, yo soy Adriana Parra de México, y a mi pasaron cosas muy similares ! Solo que ahora tengo 55 años y empecé las dietas a los 14. Mi cuerpo era diferente de niña más no pasada de peso. Tanto me dijeron GORDA que me auto convertí en gordoføbica! Saludos ! Ahora sigo diferente siempre más gorda que el año anterior por las dietas y pastillas mágicas. Tratando de ejercitar y conociendo más acerca de lo que nos pasó!

  2. Tamara

    Gracias, Mónica. Desde luego, me has dado mucho que pensar, ni siquiera era consciente de esa relación de lucha contra el propio cuerpo. Me parece complicadísimo establecer una relación sana por todos los prejuicios que tenemos. Gracias por abrir esa ventana.

  3. Patricia

    Cuánta razón y qué bien dicho todo! Más empatía y menos juicios! Enhorabuena Mónica, por el viaje personal que llevas y compartes. Gracias por la valentía. Gracias Winnie por tu infinita capacidad para describir sentimientos.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: