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Sin hogar

Una historia de amor en la calle

Sinhogarismo: Juan y vivir en la calle

“¡Mira, la de mi mujer es la que más flores tiene!”, señala Juan orgulloso con su bastón. Estamos en el cementerio del municipio madrileño de Rivas-Vaciamadrid. Está situado a las afueras de la localidad, en la zona residencial de Rivas Futura. El nicho de su mujer está repleto de flores blancas, rojas, moradas, rosas, azules, amarillas. Solo hay un pequeño hueco arriba a la izquierda, donde hay una foto chiquitita a color de su esposa, “es para que se vea bien”, explica Juan. “Las flores del cementerio son de plástico, pero se ponen feas también y hay que cambiarlas”, añade. Mientras dice esto coge un ramillete de flores ­blancas y rosas que se acaba de encontrar en el suelo. Las adecenta con una mano y las pone en un nicho vacío para colocarlas después en el de su mujer.

–No robarás flores de otros nichos…

–No, solo cojo las que se caen al suelo y se las pongo a mi mujer, si luego la gente aquí casi no viene ¡y yo vengo todos los días!

Juan Antonio Jiménez Porcel cumplió 61 años el pasado 15 de diciembre. Como sucede con otras personas que han padecido el sinhogarismo, parece mayor de lo que es. Vivir en la calle envejece, entre otras muchas cosas. Su historia de amor con su mujer fue, por tanto, una historia de amor en la calle, una historia de amor sin hogar. Pero ahora Juan tiene una casa. De camino, está a tan solo cinco minutos andando del cementerio, me cuenta: “Mi mujer tuvo cáncer con metástasis de esa y en 15 días se me murió. La pobre no pudo disfrutar nada de esta casa”. Una casa que es el primer hogar que tuvieron los dos. Se lo concedió el Ivima –Instituto de Vivienda de Madrid–. Juan recibe el RMI –Renta Mínima de Inserción– y paga cerca de 70 euros al mes por su casa, más el agua, la luz y la comunidad.

Una historia de amor sin hogar
Juan posa debajo del nicho de su mujer, es el número 297, arriba, el de las flores.

“Mi mujer y yo tuvimos un desahucio hace unos 15 años y nos fuimos a la calle, a dormir a un cajero, a dormir donde pudiéramos”. Antes de conocer a su mujer había vivido durante casi 30 años en una fonda. Define sus orígenes como humildes. “Me fui de casa de mi madre porque estaba perseguido por ideas políticas. Qué has hecho, me preguntaba mi madre cuando venía la guardia civil o la policía. Y yo le decía que ná”. Optó por irse de casa de su madre para evitar problemas y “me pillaron. Estuve tres días detenido y luego me soltaron. Luego vino el rey y dio una amnistía y me quitaron los cargos. Quedé limpio”. Se ríe mientras recuerda el momento. Juan habla pausadamente, pero es muy expresivo en sus gestos, especialmente en su mirada. Tiene unos ojos azules muy vivos y pillos. Es simpático y hablador.

Juan dejó la fonda cuando conoció a su mujer, “ella vivía en un bajo que era una especie de chabola que, por no tener, no tenía ni agua caliente”. Allí vivieron hasta el desahucio. Después “un amigo nos regaló una furgoneta y la estuvimos usando para vivir como un año. Luego vino la policía y nos la quitó porque no tenía ni matrícula. Cuando se llevaron la furgoneta nos llevaron al Albergue de San Isidro, pero en los albergues las parejas tienen que estar independientes. Hombres con hombres y mujeres con mujeres. Y perritos tampoco puedes tener, y nosotros teníamos un perro. Yo dije que yo allí no me quedaba. Me buscaron un hostal y allí echamos los papeles para el Ivima. Han tardado en darme esta casa… pues todos estos años. Después del hostal nos fuimos a un piso de la Asociación Realidades, ellos me han echado bastante cable”.

–¿Y cuando por fin os dieron la casa?

–Pues flipando, imagínate. ¡Uy, qué grande es esto!, decíamos todo el rato. Fíjate qué maravilla… y al año y medio mi mujer con cáncer y en 15 días adiós. Mi mujer, la pobre, no disfrutó esto.

Vivir en la calle, sinhogarismo

Juan recuerda su desahucio, “puf, un número, la policía allí, tol barrio mirando y nadie se movía. Hasta la televisión fue a sacarnos. No sabes qué hacer –resopla–, te quedas como vacío. Qué hago. Protestar no puedes. Hacer, no puedes hacer nada. Te quedas nulo”. Pero su historia de amor prosiguió. Su mujer tenía un “77% de discapacidad física y mental” y él tiene un 33% de discapacidad ahora. Vivir en la calle implica que “te tienes que adaptar a lo que hay, no te queda otra. La sociedad es una mierda, así de claro. Igual se me escapa alguna otra palabrota…”, se disculpa por adelantado sin perder su discurso tranquilo. “Al quedarme en la calle echaba de menos trabajar, pero tenía que estar pendiente de mi mujer. Con una persona a tu cargo, el trabajo se pierde. Y ahora que podría trabajar, no puedo hacerlo porque me están saliendo los achaques. Ahora tendría que trabajar en algo que no fuera físico”. Juan ha sido albañil toda la vida, sus manos curtidas parecen atestiguarlo, “pero ahora tengo los huesos desgastados y no puedo coger peso. Estoy más impedido”. Juan ha cotizado poco, “yo era un oficial de poca monta a cargo de otra persona, algunas veces se me daba de alta y otras no. Me faltan unos meses para los 15 años cotizados”.

Juan se queja también de que además de tener que estar al cuidado de su mujer, tampoco ayudaba a encontrar un empleo el hecho de vivir en la calle. Dice que pierdes mucho tiempo haciendo colas para desayunar, comer, cenar en distintos comedores sociales. “O comes o trabajas. Son unos vagos, dicen. Pero tengo que emplear mi tiempo en buscarme la vida para comer”.

Y “cuando no estás en la calle, cuando estás en hostales o en casas protegidas, te sientes sin hogar, porque eso es sinhogarismo también”. Y, efectivamente, así lo reconoce la Comisión Europea en su definición de sinhogarismo. Un sinhogarismo que a Juan le hacía sentir “que no me tenían respeto. Te tildan de todo. Te ponen a caldo. De vago, de maleante. Si te ven con una cerveza en la mano, de borracho”

Poco a poco su vida fue cambiando mientras su historia de amor proseguía. Tras abandonar la situación de calle, “me puse a trabajar por las mañanas y por la tarde me ponía con el graduado. Hace cinco años me saqué el que hay ahora que te piden para trabajar, el graduado en ESO. Lo saqué en el Instituto Lope de Vega”, dice mientras le brillan los ojos. Para Juan fue muy importante sacarse ese título por “la valía de uno. Por la cosa de decir: esto me lo saco. Para mí ha sido un orgullo. Y también me he sacado unos cursos básicos para usar el ordenador. Esto me ha servido para el blog”. El blog al que se refiere Juan es el de la Asociación Realidades. “Para mí es bastante importante porque puedo comunicar. Para mí es un orgullo que me lean”. El blog no es la única actividad de la Asociación Realidades en la que participa Juan, que también es miembro de la radio comunitaria formada por personas sin hogar. “Yo estoy solo y la radio me ayuda a moverme. Para decir cosas por la radio o escribir en el blog necesito información porque ni en la radio ni en el blog puedo decir cosas que no sean verdad. Me tengo que mover, ir a manifestaciones. Cojo los prospectos que me dan y los leo, voy a la biblioteca a leer los periódicos. Así me mejoro como persona y me ayuda a sentirme útil. Sentirse productivo es algo”. La radio en concreto le da “motivación y compañerismo. Las personas que nos juntamos allí tenemos un magnetismo muy bueno. Allí me siento capaz de no ser un donnadie, de no ser nada”.

Juan, desahucio, sinhogarismo y una historia de amor
Juan recuerda que el sinhogarismo no es solo vivir en la calle, también lo es vivir en hostales y pisos tutelados.

Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística sobre personas sin hogar son de 2012. Recogen 22.938 casos. Y como dice Juan, “los que están en la calle tiraos ni salen en el recuento”. Y así es, según datos de Cáritas a cierre de año 2018, unas 40.000 personas están sin hogar en España, cifra que aumenta si se suman los 2,1 millones de personas que viven en una vivienda insegura y los 4,6 millones que viven en una vivienda inadecuada.

“El sinhogarismo lo he vivido, lo he palpado, lo he tocado y todavía me queda. Y te lo cuento natural porque es real. Yo no lo veo raro, esas cosas pasan y siguen pasando”, añade Juan. Afirma que cuenta su historia a quien se la pregunta. “Hay quien se lo cree y hay quien no. Hay personas que se identifican de alguna manera y otros parece que les estás contando un cuento”. Ahora está escribiendo un libro, “a ratos, cuando me da”. Se titula El garbanzo negro y “es como mi biografía con el nombre de otro”. Para esto también le han venido bien las clases de informática. Está escribiendo el relato en su ordenador. Empieza con la vida de su madre. Hay varias páginas escritas, en una visual rápida veo que hasta aparece Pink Floyd, uno de los grupos que más le gustan. “¿Qué te parece?”, pregunta, “a ver si lo acabo, es un proyecto que tengo en mente”.

La mayor preocupación de Juan ahora es “tirar pa’lante como sea. Que no me falte la moral. Si te hundes, no adelantas ná. Y todo lo que he conseguido, que es una mierda, se te va al traste. Es importante tener moral para seguir pa’lante, nunca pa’tras”. En este punto de la conversación vuelve a destacar la radio y el blog, “es lo que ahora más me motiva. Me ayuda a superar. Hay veces que tu cabeza empieza a pensar y a pensar y te vuelves loco. ¿Y me voy a tener que poner todos los días de uva –borracho–? Pues no, porque no quiero dejar de ser persona, porque me tiraría por la ventana”.

–¿A ti cómo te gustaría que te viera la sociedad?

–Como una persona respetable que respeta a los demás. Ni más ni menos. Pobre, pues vas a seguir siendo pobre, pero que me vean como a una persona normal. Para mí normal es vivir tranquilamente, ser autogestionario, pero la cosa está difícil porque la sociedad nos dice que si no tienes dinero, no eres nadie”.

Un hogar, un perro

Cuando entramos en su piso que, a pesar de lo que cuenta, es pequeño, Juan dice con alegría y orgullo: “Bienvenida a mi hogar, a mi humilde hogar”. Al entrar nos saluda Nico, su perro, con la felicidad y entrega que solo los perros saben transmitir en los recibimientos. Ahora que su historia de amor terminó, es a Nico al que quiere y cuida con mimo. La casa está llena de cosas, cuando la recibieron estaba vacía y fueron cogiendo muebles de la calle. El mueble de la tele, por ejemplo, parece el cambiador de un niño pequeño, pero cumple su función, aunque ahora “se me ha roto la tele y no tengo otra, igual consigo alguna de segunda mano”. Sin tele, tampoco tiene internet, pone la radio para entretenerse. Juan va muy abrigado, también en casa. Tiene muchas mantas repartidas por los distintos espacios. La decoración mezcla desde una máscara de terror de un disfraz a carteles de celebridades como Elvis Presley o Marilyn Monroe. Todo es un poco caótico. Aún así, Juan se preocupa por la limpieza, mientras hablamos se levanta dos veces a barrer. “Hay que tener la casa limpia, como el suelo es blanco, se ve mucho lo sucio”, dice. Entre la decoración destacan algunas fotos personales, incluidas fotos de boda en blanco y negro. En su historia de amor nunca se casaron porque estaban en contra del matrimonio, “éramos pareja de hecho, pero a ella le hacía ilusión tener un recuerdo, así que esas fotos en realidad son un montaje para tener un recuerdo nuestro. Todo lo que ves en las fotos es prestao, nos lo dejaron”.

Juan vive con su perro Nico
Juan sueña con tener una compañera, una mujer con la que compartir su vida.

En un rincón están alguna de las banderas y pancartas con las que acude a distintas manifestaciones. “La última a la que he ido es a la de los jubilados. Yo me muevo en ambientes de movilizaciones sociales pero soy sin partido. He pertenecido, pero ya no. Estoy desencantado. Actúo por libre. Desde muy joven estuve organizado, pero me di cuenta de que las organizaciones te utilizan. Soy de izquierdas de corazón, pero no por eso tengo que estar supeditado a lo que me quieran decir, sino actuar por voluntad propia con todas las consecuencias”. También ha ido alguna vez con la PAH a parar algún desahucio, aunque confiesa que ese tema le remueve bastante.

En casa me pregunta si le importa que beba y se toma dos latas de cervezas pausadamente mientras charlamos. Nico nos acompaña en todo momento, se sienta en medio de los dos y dormita mientras hablamos. Solo se activa y levanta la cabeza atento cuando ve que Juan se dirige a la cocina. La conversación continua allí porque Juan tiene que cocer las patitas de pollo que comerá su perro. La bandeja de patitas vale 0,59 euros en el supermercado Ahorramás, comenta, así que las compra con frecuencia. Va al súper casi cada día, también sale a pasear con Nico, a veces va a tomar café a un bar para distraerse y hablar con gente, limpia la casa, prepara la comida. “Vamos, que soy un amo de casa”, se ríe. Cuando se han cocido las patitas de pollo, Juan coloca la generosa ración en un táper para alegría de su perro, que se las come en menos de cinco minutos. Juan lo mira y se ríe: “¡Come mejor que yo! Yo estoy operado del estómago y no puedo comer grandes cantidades de comida”. Disfruta viendo comer a su perro y cuidándolo. “Si tienes un animal, tienes que cuidarle, que para eso hace la compañía, te mima y te quiere. Para tener un animal desatendido, mejor no lo tengas”.

–¿Qué supone Nico para ti?

–Tú verás… me quitas al animal y se me cae la casa encima. Es muy majo.

Cuando pregunto a Juan por su familia, tuerce un poco el gesto por primera vez. Hace una mueca, suspira, gira la cabeza y su simpatía se va apagando. Es un tema duro, se entristece. Tiene hermanas, pero no tiene relación con ellas. Amigos sí que dice tener alguno, pero los visita poco. A pesar de la compañía que le hace Nico, Juan reconoce soñar con una mujer. Lo dice mientras abre muchos los ojos, sonríe y pone más cara de pillo que nunca. “Sueño con tener una compañera, nada más”. Mientras llega una nueva historia de amor, Juan y su perro Nico seguirán esperando en su hogar. Un hogar, por fin. Pero qué es un hogar para alguien que ha estado tantos años sin uno. “Mira, esto –Juan abre los brazos de pie en su salón y se ríe señalando toda la casa–. Para mí un hogar es poder vivir tranquilo, estar pendiente de tus cosas, tener tu propia intimidad. Comer lo que yo quiera. Levantarme a las 5 de la mañana y comerme una naranja, por ejemplo. Tener tu tranquilidad, que pienso que es muy importante para todas las personas. Quiero estar tranquilo, como estoy, con eso me conformo. La Constitución recoge el derecho a la vivienda y todo eso está tirao por los suelos”.

14 Comentarios

  1. Martina

    Que bonito me he canta el trabajo y el esmero que le pones a todas las publicaciones eres un ídolo a seguir ☺️

  2. Mercedes Vico Monteoliva

    (Me desperté y empecé a leerlo
    Ahora voy a desayunar)
    Me ha encantado!!!
    El tema, el personaje y, sobre todo, la narración , cómo lo tratas y cómo escribes!!!!!
    Quiero leer más
    Gracias!!!

  3. Montse

    Nunca se dice suficiente ni se habla suficiente de este tema. Me ha encantado la noción de respeto de Juan. Que cultura, que actividad! Bravo Juan! Bravo Winnie!

  4. Lola Banderas HERNÁNDEZ.

    Un relato muy emotivo.Muy sensible y bien narrado.

  5. Ana

    muy bien contado!!! Esperando al próximo miércoles.

  6. juan antonio

    esta muy bien la crónica guapa

  7. Belen Blanco

    Muerooo! Me declaro fan de grandes minorias de forma oficial….

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