Historias cotidianas que solemos ignorar

Discapacidad

El ciego que hace judo, pintura y escultura

César Delgado es ciego y hace judo, pintura y escultura

Robledo de Chavela es un pueblo de la sierra de Madrid que tiene unos 4.000 habitantes. Es conocido por albergar la base de seguimiento de satélites de la NASA. Sí, la NASA, pero esa es otra historia.

César viene a buscarme a la estación de tren: gorra, gafas negras, mascarilla y bastón –de ciego–. Nos saludamos sin tocarnos, el coronavirus obliga. Me dice que me ponga detrás de él, va a guiarme hasta su casa.

Caminamos en fila entre árboles. Las aceras son muy estrechas, así que hacemos casi todo el trayecto por la carretera. “Mira, ese es el autobús que te lleva al centro del pueblo”, dice señalando un bus urbano verde que está cargando viajeros.

Seguimos andando, le aviso cuando vienen coches, pero él sabe –y los coches se apartan al vernos–. Su calle está en una zona residencial de chalés con jardín. En algunos vive gente, otros están habitados en verano y otros están abandonados.

Pasan los minutos, seguimos caminando y no encuentro ni una sola referencia que pueda servir a César para orientarse y saber dónde vive. De repente aparece la casa más moderna que he visto hasta ahora: tejados inclinados en forma elíptica, columnas…

–Ya estamos –dice César mientras cruzamos la carretera en dirección a la casa que me ha llamado la atención.

–¿Pero cómo sabes a qué altura de la calle está tu casa? ¿Cómo haces para no meterte en casa del vecino?

–¡Eso digo yo!

–¿Y esta casa tan moderna?

–La he hecho yo, es mi primer trabajo de arquitectura.

–¿¿¿Pero tú eres arquitecto???

–No.

César en su tatami, es cinturón negro sexto dan.

Ciego adquirido

César sube las escaleras con agilidad. Hay también una rampa para personas con movilidad reducida. El salón está lleno de ventanas, algunas con forma de trapecio. Nos sentamos –a una distancia prudencial– alrededor de una gran mesa de cristal. Yo me coloco mirando hacia la sierra. La casa de César es una casa con vistas.

“Es una edificación de dos plantas y tiene una extensión aproximada de mil metros cuadrados. He jugado mucho con las diagonales, pero sobre todo a mí me ha encantado siempre la sección áurea, lo que se llama el número de oro, y lo que quise es que esta edificación estuviese toda encuadrada en la sección áurea”.

César Delgado es de Madrid y es ciego total. No quiere decir su edad. Está harto de que no le crean cuando le preguntan.

–¿Porque aparentas menos años de los que tienes?

–Sí, no lo sé… yo tengo la edad que tengo, que es la que represento.

No es ningún chaval, pero tiene un cuerpo ágil y fibroso. Salta a la vista que está muy en forma. Ahora que se ha quitado las gafas y la gorra veo su cabeza pelada. Su manera de hablar y su porte sentado le dan un aire de maestro zen.

“No soy ciego de nacimiento, tuve un accidente de béisbol infantil, un buen pelotazo. A los pocos días, jugando en mi barrio, me di con una columna y me hice una brecha. Se me produjo un desprendimiento de retina y no se sabe bien si fue por el pelotazo, por lo de la columna, por los dos… El caso es que un desprendimiento de retina no pasa de un día para otro. Yo seguía yendo al colegio y cada vez veía menos… y ya me diagnosticaron el desprendimiento y me operaron. Tenía 13 años y me quedó un resto de visión: veía un poquito por uno de los ojos. Luego, a los 17 años, en otra actividad deportiva en el colegio, me di otro castañazo y ya ciego total”. 

César se levanta y empieza a andar en círculos. Cada uno de sus pasos resuena en el parqué. Eso es lo que hacía el médico que le dijo que no volvería a ver. “¿Tú te consideras un hombre?, me preguntó. Y yo sí, claro. Pues tú no volverás a ver jamás en tu vida. Punto final. Eso me dijo, como si dijera asúmelo ahora mismo y a partir de ahí empieza a levantarte”.

Infancia y adolescencia difícil

“Es verdad que a mí el no ver nada me produjo una depresión muy grande. No me pasó tanto con el resto pequeñito de visión que me quedó con 13 años porque yo lo explotaba mucho. Pero cuando bajó al cero absoluto tuve una depresión importante, estaba todo el día sentado en el mismo lugar del sofá, sin moverme. Fue bastante traumático”.

“Mi padre nos abandonó cuando yo tenía 1 o 2 años. Mi hermano tenía 5. Mi madre cogió tuberculosis y tuvo que meternos en un internado. Estuvimos allí hasta que tuvimos 10 y 13 años. Ahí nos metieron. Unas palizas… Allí se suicidó un niño, una cosa espantosa. Me ponían un letrero en la espalda que decía soy un meón. Y por hacerme pis en la cama también me dejaban sin desayunar y sin cenar. Mi hermano me traía comida a escondidas. Ya te puedes imaginar lo que quería a mi hermano…”.

Su madre los sacó del internado y años después su hermano murió. “Mi vida es hasta la muerte de mi hermano y a partir de la muerte de mi hermano. Ese fue el gran trauma. Murió cuando yo tenía 13 años. Como decía mi abuelo: el uno ciego y el otro muerto”.

El mismo verano que murió su hermano fue el que César se quedó con un pequeño resto visual, así que tuvo que volver interno, esta vez a un colegio de la ONCE. “En aquellos tiempos era el único colegio de España donde podíamos estudiar los ciegos”. La experiencia también estuvo lejos de ser grata. “He escrito un libro autobiográfico donde lo cuento todo: Caruba, ojalá me hubiera muerto cuando nací. Sale ahora en diciembre y tiene el Premio Tiflos de Novela”.

Poco a poco fue saliendo de la depresión que le causó la ceguera total y fue a la universidad a estudiar Fisioterapia. “Me especialicé en parálisis cerebral. Estuve 25 años de fisioterapeuta en el Hospital 12 de Octubre. Durante muchos años fui el único ciego del hospital hasta que vino otra compañera y me casé con ella. Ahora vivo aquí solo, estoy separado y tengo tres hijos mayores”.

César realizando una caída de judo.

¿Cómo ve?

“Ahí tienes la luz, lo digo por ti…”, me dice César señalando un interruptor antes de empezar a bajar las escaleras. Él no la necesita, pero yo sí. Está oscuro y no quiero darme un castañazo. La parte baja de la casa me deja boquiabierta –todavía más–. Hay un dojo: lugar donde se practica y enseña el judo. También una pequeña sala con una camilla y material de fisioterapia. César se sube al tatami y se lleva por delante una columna. Él se mueve con soltura –sin bastón– por su casa, aunque no tan rápido como una persona que ve. No es habitual que se choque, pero a veces pasa.

“Los sentidos no se pueden amplificar. Por mucho escuchar, no vas a escuchar más. Por mucho oler, no vas a oler más. Eso es un mito, los ciegos no tenemos más oído o más tacto, lo que pasa es que los usamos más. Nosotros procuramos educarnos un poco en eso, en esa especie de radar que tienes tú también”.

Estamos de vuelta en el salón, sentados alrededor de la mesa. “Un ciego entra a una habitación y ve a la inversa que un vidente. Tú entras y ves objetos. Tú no puedes ver el vacío, está todo lleno de objetos, de color. Físicamente hay vacío pero tú no lo ves. Un ciego ve la nada”.

Se levanta y se coloca entre una silla y la pared. No toca absolutamente nada.

“Yo entro a un sitio, estoy aquí y esto es la nada”.

Empieza a andar en dirección a la mesa.

“Veo todo el vacío y pum, choco con la mesa. Yo no veo la mesa al principio, solo que el espacio se ha limitado. La toco, todavía no sé que es una mesa, pero la sigo analizando. Analizo parte a parte hasta que veo que es una mesa. Así que a ese límite que ha aparecido en el espacio lo llamo mesa. Tu visión, la del vidente, es global y la mía analítica”.  

“A mí me gusta diferenciar entre los ciegos de nacimiento y los ciegos adquiridos. Los ciegos de nacimiento ven lo mismo que ves tú por la rodilla o por el codo. Si tú cierras los ojos ves oscuridad, pero ¿qué ves si intentas ver con el codo o la rodilla? ¿Nada, no? Pues eso, ellos no ven oscuridad, no ven nada. Un ciego adquirido como yo es un hombre que no ve, que es muy distinto. Yo he visto, pero tú a un ciego de nacimiento no le puedes hablar del claro y del oscuro o de colores porque no lo concibe, le estás hablando en chino”.

“Ser ciego me ha influido mucho en mi vida en el sentido de que no podemos desarrollar la personalidad plenamente. No puedes jugar al fútbol al mismo nivel, por ejemplo. La ceguera supone el 85% de discapacidad, que es muchísimo”.

El primer ciego cinturón negro del mundo

La discapacidad de César es de un 86% para ser exactos. Tiene torcido el dedo corazón de su mano izquierda. A la altura de la última falange el dedo está girado sobre el anular. Se lo hizo con una fresadora en 1996, es uno de los accidentes que ha tenido con la escultura.

“Qué me queda a mí para aprovechar los recursos: el 14%. Pero lo que pueda hacer, lo puedo explotar. Tenemos que dedicarnos a aquellas cosas que podemos desarrollar”.

Y una de las cosas que puede desarrollar es el judo. Fue a más de 20 gimnasios hasta que encontró uno donde le dijeron sí: estaban dispuestos a enseñarle. De esto hace 50 años. “El judo se define como un camino de moral humano. Es un deporte pero también un camino para la vida. Yo vivo procurando que la solidaridad predomine sobre el egoísmo y la avaricia, creo que es un buen sentir para la vida. En mi casa doy clase gratis de judo a pequeñitos de 8 a 13 años y a mayores. A mí afortunadamente no me falta para comer, tengo mi pensión”.

“Mis alumnos son todos videntes. Ser profesor ciego es más cansado porque no puedo corregir a distancia, no los veo, así que yo hago judo con todos, lo hago con cada uno constantemente”.

En el judo el contacto es clave. “Siempre coges solapa y manga. Yo observé que tenía más reflejos que los videntes, que percibía antes el movimiento que ellos, así que para el judo ser ciego me ha ayudado”. César es cinturón negro sexto dan.

“Yo fui el que introdujo el judo para ciegos en España, fui el primer cinturón negro de España ciego y no sé si del mundo por lo que dijeron los periódicos en aquel momento”.

César toca uno de sus cuadros.

El ciego pintor

La parte de abajo de la casa es mucho más que el dojo. Al otro lado del recinto judoka hay una amplia sala de exposiciones. Lo primero que nos encontramos es la maqueta que hizo de su casa. “Me tuve que leer muchos libros antes de hacer la maqueta”. Cuando estuvo hecha, contrató a un arquitecto para que hiciera realidad el que sería su hogar y centro de trabajo. César se encargó del diseño y de la supervisión de la obra.

La sala está llena de cuadros y esculturas hechas por César. “Mi hermano pintaba muy bien y yo he sido muy buen dibujante por la influencia que he tenido de él. Yo pintaba desde muy pequeño, hacía retratos al carbón y los vendía en tiendas del Barrio de Salamanca. Y así hasta que perdí la vista y dije ahora cómo pinto yo”.

“Pasé unos años sin saber qué hacer hasta que un día empecé a coger bisturís, a hacer siluetas en papel charol o metalizado y a pegarlas en un plano. Después les daba un barniz y parecía pintura, era pintura con la técnica del collage. Así empecé. Luego empecé a probar con ceras y pintaba con los dedos. Las hacía pastosas derritiéndolas al baño maría”.

“Se suele decir que la pintura y la escultura son artes visuales, pero no lo son, son artes táctiles y cinestésicas. La sensibilidad cinestésica es la sensibilidad del movimiento. Cuando tú pintas ejerces un movimiento sobre el lienzo, una presión. Yo te pregunto, ¿los ojos sirven para crear?

–Sí.

–¿¿¡¡Sí!!?? No, las manos sirven para crear, los ojos sirven para contemplar y eso viene después. Tú no puedes contemplar una cosa que no está creada. Tú no coges el ojo para pintar, la pintura la crea el movimiento y la presión, y en una escultura no te digo nada. Por eso creo que la pintura y la escultura son artes táctiles, artes hápticas.

“Yo tengo las ceras clasificadas, sé cuál es un verde, un rojo. Un ciego tiene que tener en cuenta la relación de unos colores con otros, saber si casan bien o no, pero eso ya son técnicas pictóricas”.

Poco a poco se fue pasando a la escultura. “En la pintura, cuando lo estás construyendo, bien, pero luego se produce un divorcio. La escultura puedo verificarla –tocarla– en el momento que quiera, pero la pintura, sobre todo si tiene el barniz, ya no la percibo. Y si no lo recuerdo bien y tiene poco relieve dependo de lo que me digan los demás”.

César ve sus cuadros de memoria, los tiene en su cabeza. Así vemos varias de sus obras: nos movemos por la sala, yo le cuento lo que veo en el cuadro que tengo delante y él lo visualiza en su mente.

César toca la escultura La Salomé.

El ciego escultor

En la parte de abajo de la casa hay también un taller de pintura y otro de escultura. Una curiosidad que hay en el taller de pintura: un goniómetro. Es un aparato que sirve para medir ángulos y el suyo habla, por eso puede usarlo. “Me gusta mucho la geometría. Lo que hago, y está en muchas obras, es combinar lo orgánico con la geometría”.

La escultura le resulta más difícil que la pintura pero le posibilita disfrutar de ella una vez que la obra está acabada. Ahora estamos frente a La Salomé. César la toca, yo la observo. Es una escultura en bronce de una tonelada. Es un híbrido entre mantis religiosa y mujer. En una de las patas de la mantis está pinchada la cabeza de Juan Bautista. Es la cabeza de César. “Necesitaba un modelo masculino y como no tenía fui mi propio modelo”. Pinta y esculpe caras. “Lo hago con mucho cuidadito. Hay que tener en cuenta que yo he tenido visión y tengo un recuerdo bastante nítido de lo que es un rostro de hombre y de mujer”.

“Soy bastante dramático en todas las obras, es posible que por la infancia, sobre todo por la muerte de mi hermano”.

Reflexiones de un ciego

“Lo que peor llevo no es por consecuencia de ser ciego, lo que peor llevo es cuando se falta a la palabra. La palabra es aquello único que tenemos del otro. A mí me ha engañado una persona que se decía amiga y que cuando íbamos al cajero me daba 50 euros menos. Y eso duele no por ser ciego, sino por la condición de amistad”.

“Necesito mucho el reconocimiento y el saber que tienes afectos, que el esfuerzo sea reconocido. Que alguien tenga fe en ti, que te crea. Mis alumnos tienen mucha fe en mí y no les puedo defraudar. Me dan por encima de lo que merezco”.

“El tono marujón de algunos periodistas cuando vienen y te empiezan a decir qué desgracia tan grande… Se meten en ese camino que no me gusta nada. A mí me interesa lo que yo hago, lo que puedo ser útil para la sociedad. Yo les digo que lo que hago yo lo harían ellos entrenándose. El mundo está lleno de estímulos, no te deja nada de libertad para la reflexión y la gente no se imagina lo divertido que es pensar. Yo pienso mucho, cuando tengo un problema trato de solucionarlo: lo pienso y encuentro la solución cuando pienso que es imposible. Ahora con esta mano toco todo torcido, lo veo todo torcido porque se me ha roto la simetría. Entonces yo tengo que pensar y hacerme cosas que me sirvan para solventar este problema. Echo de menos ver todo y lo que más echo de menos es la posibilidad de pintar al óleo, técnicas que usaba de vidente y ahora me están vedadas, pero lo que hago es buscar una solución”.

“Recuerdo mucho a un personaje que fue sorda y ciega: Helen Keller. Ella solía decir: cuando todo el mundo decía que era imposible, ya se esta produciendo el milagro. No hay que rendirse nunca… investigar, buscar, pensar”.

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Trabajo para personas con discapacidad.

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