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Honduras: la dureza de migrar aunque la vida te sonría más que a otros

Karen Patricia Rodríguez es una mujer migrante de Honduras

Ella se considera una privilegiada. Este término hay que interpretarlo con matices, entendido en relación a otras personas que en situación similar están peor que tú. De hecho, puedes sentirte privilegiada aun cuando haya otras muchas personas que están mejor que tú.

Karen Patricia Rodríguez tiene 34 años y es de La Ceiba, Honduras. Lleva gafas de sol oscuras. No suele mirarme cuando hablamos. Mira al frente o algún lado. Antes de contestar se da un tiempo para meditar las respuestas.

Honduras: una buena vida antes de que el país empeore

“Realmente en Honduras mi vida no era difícil. Tenía una vida clase media. La verdad es que tuve suerte porque no toda la población se podía considerar así. Me siento casi como privilegiada. Eso cuando había clase media, que ahora casi no hay. La vida ahora está sumamente cara”.

“Mis padres me dieron una buena educación en una escuela privada. Recuerdo una infancia muy tranquila, muy buena. La adolescencia también fue bonita. Siempre fui una niña buena, muy estudiosa. Fui a la universidad en la capital, Tegucigalpa. Estudié Ingeniería Industrial y me gradué en 2009. Al poco tiempo fue el golpe de Estado. Yo tenía un trabajo como asistente administrativa. Para mi primer trabajo estaba bien aunque no era de lo mío. ‘Mientras me voy abriendo camino, tiro con esto’, pensé”.

“Tras el golpe de Estado la gente estaba sugestionada, tenía miedo de qué iba a pasar con el país. Muchas empresas extranjeras se fueron. La gente se sentía insegura en la calle porque estaba militarizada. Yo, por ejemplo, sentía miedo. Yo no salía, no me atrevía. Iba del trabajo a la casa y de la casa al trabajo”.

Karen Patricia Rodríguez ayuda a las mujeres migrantes
Karen estudió Ingeniería Industrial en Honduras.

Migrar por amor: de Honduras a España

A pesar de que la situación era inestable en Honduras, el motivo por el que Karen abandonó su país fue el amor. “Me enamoré de un español”, dice riéndose. “Nos conocimos por internet. Él viajó a verme para conocernos en persona. Vino el verano que estaba el golpe. Como la situación estaba tan fea en Honduras, barajamos posibilidades. Él es profesor, pero el futuro allí pintaba muy mal y la situación política del país me hizo venirme. Antes del golpe de Estado yo lo habría convencido para que viniera él a Honduras. Un profesor, un hombre blanco con formación, allí habría encontrado un buen trabajo”.

“En el 2010 me vine. Yo traía visado de Estados Unidos. Ahí también hay clasismo, fue verme el visado y para adentro, ni miraron más, ni me hicieron ninguna pregunta. Nos casamos en Extremadura porque mi marido es de allí”. Al estar casada “todos los trámites burocráticos fueron muy rápidos. Yo he tenido bastante suerte. La nacionalidad y todo por el hecho de haberme casado con un español. A los tres años yo ya tenía la nacionalidad. Mis compañeras pueden pasar 10, 15 años hasta que la consiguen. Hay una diferencia abismal”. Sirva como ejemplo que en los primeros meses de este año las dificultades burocráticas habían dejado a más de 360.000 personas a la espera de conseguir la nacionalidad española, según una información publicada por RTVE.

El choque migratorio

“Al venir aquí me chocó el envejecimiento de la población. Caminar por la calle y ver una población tan envejecida. Allí no es así, es al contrario. Casi todo son niños, adolescentes y jóvenes. Luego también me chocaba cómo habláis los españoles, tan directos, tan diciendo las cosas a la cara. Nosotros somos muy bien quedas. Otra cosa que me chocó es la relación de los padres con los hijos. Es muy de colegas. Allí les tratamos de usted, les decimos señor, señora, no les alzamos la voz. Los niños aquí les hablan a los adultos de tú a tú. Mi marido es profesor y lo llaman por su nombre. Allí nunca”.

A Karen también le chocó “la libertad que se siente estando aquí en todos los sentidos. Vas caminando y lo normal no es que te quiten el bolso violentamente. El poder caminar en la calle de noche sola, el poder usar pantalones cortos, camisas escotadas. Allí los puedes llevar, pero sabes que en la calle te van a acosar muchísimo. Te dicen piropos ofensivos, es un tipo de piropo violento con las mujeres que te deja súper mal. Y eso si no te llegan a tocar. Te expones a situaciones que no le deseo a ninguna mujer. Es terrible”.

A Karen también le sorprendió mucho la libertad de la comunidad LGTBI, “en Honduras es impensable, los derechos no existen para ellos. Y lo del aborto, bua, allí no se puede ni mencionar. Allí la gente es extremadamente religiosa. Aquí se puede hablar de ello tanto si estás a favor como si estás en contra”.

Otra cosa que chocó a Karen es el modo en que se vive en Madrid, ciudad en la que ha vivido con su marido desde que llegó. “Lo que más echo de menos es el espacio para vivir. Allá vivimos en casas. Yo me crié en una casa amplia. Teníamos jardín y árboles de mango, teníamos perros, conejos. Esta sensación ahora de vivir en pisos tan pequeños, esa sensación de estar encajonados. En la costa norte de Honduras la vida es más barata y tenías tu buen cacho de jardín aunque no tuvieras mucho dinero. Vivo en Vallecas, mi casa es normal y ahora nos mudamos a una más pequeña, con el alquiler tan exagerado hemos tenido que ir a un sitio más pequeño”.

Honduras: ahora es cuando hay motivos de sobra para migrar

Cuando Karen ve Honduras desde la distancia “es cuando me doy cuenta de que no tomé una decisión equivocada al venirme. Veo el país tan mal, como nunca antes lo había visto. Yo lo veo sin esperanza a corto plazo. Sé que es caer en el desánimo, pero no me voy a hacer ilusiones, es lo que hay. Otras veces me hice ilusiones y nada. El país está hecho una mierda. Es muy triste. Siento decepción, cómo hemos llegado a esto, y a la vez tristeza y mucha impotencia”.

Karen y su marido tienen dos hijos de 6 y 2 años. El mayor ya ha ido a Honduras con su madre, el pequeño todavía no. Karen trata de que los dos mantengan un vínculo con su país de origen. “Una o dos veces por semana hacemos comida hondureña. Hago tacos, las baleadas, luego las pupusas, que les encantan. Realmente ese plato es de El Salvador pero en Honduras nos lo adoptamos. Es el favorito en casa”. Karen me propone hablar de lo que se siente al criar a niños entre dos culturas. “Hay cosas en las que coincidimos bastante bien y hay cosas en las que no. Muchas veces hay que llegar a consensos en los que ninguno se sienta totalmente incómodo. Sobre todo a la hora de hablar. Yo utilizo expresiones y me molesta que él imponga su forma de hablar. Yo quiero que mis hijos conozcan esas palabras y las utilicen. Entiendo que si utilizan esas palabras aquí en la escuela, con sus amiguitos, nadie los va a entender, pero es sobre todo que ellos vean que ninguna cultura es mejor que la otra. Nosotros coincidimos en muchas cosas en general y también creo que coincidimos porque yo he cambiado mucho mi forma de pensar de como vine de Honduras. Al llegar aquí yo vi las cosas con una claridad que no tenía allá. También salir de tu burbuja, de tu zona de confort, hace que veas con más claridad lo de tu país. Venirme a este país me ha abierto la mente. Cuando vas te lo dicen constantemente: tú no pensabas así, has cambiado”.

Lo qué más recuerda y más le gusta de Honduras es la gente. “La simpatía, te saben acoger, te ofrecen su casa. Son muy de acoger, de servir. Y en la costa norte la gente es muy alegre. También son de ver la vida de forma más sencilla. En la capital no, allí son más de apariencias, más señoritos”.

Karen Patricia Rodríguez habla del duelo migratorio
Karen no quiere que sus hijos vivan desvinculados de Honduras.

El duelo migratorio

“No me arrepiento de estar aquí. Es duro migrar porque cuando llegas a otro país eres un extranjero. Esa sensación de no pertenecer te persigue. No estoy en casa, por lo menos los primeros años. Esto te puede hacer sentir frustrado, incluso deprimido. Y luego también está la soledad. Sentirte solo aunque te rodeas de personas, pero no acabas de sentir que es tu sitio. Creo que mi duelo migratorio habrá durado dos o tres años, hasta que he empezado a sentirme cómoda, que comienzo a pertenecer. Aunque hay veces que todavía me siento un poco extranjera, creo que la sociedad me percibe como una persona extranjera. Yo creo que en mi caso no sé si llegaré a sentirme completamente de aquí o lo arrastraré toda mi vida”.

“Tener dos hijos de aquí me ha hecho sentirme más de aquí. Tus hijos provocan que tú también veas este como tu hogar. Es la casa de ellos, por tanto es mi casa también”.

La crisis económica para una migrante

“Lo que yo no sabía es que en España iba a haber una crisis tan terrible cuando yo me vine. Yo me hice a la idea de que España era una súper potencia y de que había muchísimo trabajo”. Karen es bilingüe en inglés y casi todo el mundo le decía que seguro que no iba a tener ningún problema en su nuevo país. “Te haces unas expectativas muy altas y no es tan fácil abrirte camino, sobre todo laboralmente, como pensaste”.

“Te das cuenta de que tu título aquí no vale nada. Ya tengo el título homologado en Ingeniería de Organización Industrial, que es como un paso menos de lo que yo había estudiado, pero tampoco me ha abierto las puertas. Íbamos en el metro y todo el mundo hablaba de la crisis. ‘A dónde he venido a dar’, pensaba. Ponías la tele y la crisis. Todo el día las cifras del paro, que no paraban de subir. Los desahucios. No era lo que me esperaba”.

Karen no ha trabajado nunca de ingeniera. “Ahora mismo yo ya ni siquiera sé si me gustaría trabajar de lo mío porque con el tiempo fui encontrando vocación por otras cosas como el trabajo social enfocado en los derechos humanos. Casi me arrepentí de estudiar lo que estudié, que además fue muy difícil estudiarlo”.

Conseguir trabajo siendo migrante

“Estoy opositando para administrativa. Quería tener un trabajo decente con un sueldo digno, aunque tampoco es lo que yo estudié. No pensé que iba a ser tan duro el camino. Además no es tanto reflexionar y analizar, es memorización, como un robot. Y los años no pasan en balde, ahora cuesta más estudiar así, memorizando. Debería de sacar más tiempo. Suelo intentar estudiar cuando el mayor se ha ido al cole. Mi mamá me la traje, está aquí. Necesitaba ayuda con el pequeño para poder estudiar y las guarderías son prohibitivas, hasta las públicas. Le pedí que se viniera a echarme un cable mientras me preparo las oposiciones. También tenía ganas de que se viniera para acá porque la situación en Honduras cada vez está peor”.

“Hace años hice un máster no oficial. Me sentí súper timada cuando luego vi que no servía para encontrar trabajo. Entonces comencé a echar en empresas de trabajo temporal como Adecco. Me llamaban para cubrir bajas en recepción de oficinas y eso. Me llamaban el mismo día y en una hora tenía que estar allí. Hasta que una vez me pillaron en Cataluña visitando a una familia que tengo, y como no pude ir, ya no me volvieron a llamar nunca más. Pagaban muy mal. Luego me quedé embarazada. Cuando el niño tenía 3 años solo me ofrecían ser comercial en multinacionales, tocando en casas. No me gustaba y siempre salía decepcionada. Me parecía un trabajo súper duro. Y ganar por lo que vendas, sin un sueldo. Fue cuando vi lo de las oposiciones y comencé a planteármelo seriamente. Empecé a estudiar y me quedé embarazada otra vez. Ya llevo dos años intentando prepararme. Me he presentado a dos exámenes pero no he conseguido plaza”.

Karen estaba cansada de estar sin trabajar, así que aceptó la oferta de unas amigas. “Tienen una cooperativa de mujeres. Hacen limpieza de oficinas y yo les cubro horas sueltas. ‘Venga, lo hago’, pensé. No me quita tanto tiempo, es por la tarde o por la noche. Y a la vez sigo con las oposiciones y con los niños”.

–¿Lo de limpiar lo llevas bien?

–No –dice riéndose–. No te lo esperas y no porque no sea un trabajo digno. Pero sí es cierto que después de haber estudiado tanto no es eso a lo que aspiras en la vida. Que no es que sea algo malo, pero como nos hacemos una idea en nuestra cabeza, nunca piensas en eso. Al principio me costó un poco más, luego ya lo fui haciendo. En la cooperativa no hay explotación, intentan pagar justo y te dan de alta. Todo con una lógica muy diferente a lo que son normalmente las empresas. Yo sueño con aprobar las oposiciones y conseguir una plaza en alguna institución española. Creo que las personas migrantes tenemos que entrar más en las instituciones y demostrar que somos capaces de otros trabajos que los que nos imponen. Demostrar nuestros conocimientos y habilidades.

Sentirse privilegiada y ayudar a los demás

“Me gusta de Madrid que siempre hay algo que hacer, muchas actividades diversas. La gente de Madrid me parece simpática, a mí me ha tratado bien. Yo me he sentido cómoda”.

–¿Has sufrido racismo alguna vez?

–No lo he sentido, salvo una vez que estaba embarazada y hacía cola en el centro de salud para hacerme una prueba. Había un rótulo que decía que no se podía utilizar el móvil y yo no lo vi y me puse a mandar mensajes. Llegó un señor mayor y me gritó. ‘¿No sabe leer?’. Yo guardé el móvil porque vi el rótulo entonces. Y dijo algo como, es que no recuerdo las palabras tal cual: que veníamos aquí a aprovecharnos de la Seguridad Social y ‘encima no son capaces de respetar nuestras normas’. Estaba muy alterado, yo me quedé en shock. No lo esperaba. Tenía que haberle contestado pero en ese momento no fui capaz porque te quedas como paralizado. Solo le dije que esas no son formas de decir las cosas. Y me sorprendió que en la fila había más gente y nadie fue capaz de decir nada.

A pesar de que cuando llegó aquí contaba con su marido y todo su círculo, ella quería conocer gente por sí misma. Aprovechando la oferta diversa que ofrece Madrid y que tanto le gusta, se apuntó a distintas actividades.

“Mi proceso migratorio me hizo querer un sitio donde sentirme cómoda. Yo tenía amigos españoles pero necesitaba también la cercanía de la gente de mi país. Aquí no se hablaba de Honduras, no existíamos, y empecé a buscar asociaciones. En el camino me fui descubriendo feminista. En Honduras se demoniza a las feministas. Creo que ya lo era yo de alguna forma sin descubrirlo. Estando allí cuestionaba cosas”.

“Con el paso del activismo me he ido dando cuenta de los privilegios que yo tuve con los papeles y otras cosas y que otras personas no tienen. Eso ha despertado en mí esas ganas de luchar por los derechos de esas personas, por las injusticias. El hecho de que yo tenga nacionalidad no impide que yo no vea mis privilegios y me da más empatía con la lucha de las personas migrantes, incluso me parece más injusto lo que les pasa”. Sucede lo mismo con el racismo, aunque Karen apenas lo haya vivido, es consciente de que algunos de sus compañeros sí. Por eso ha pasado por distintas asociaciones de migración y antirracismo.

“Fui teniendo problemas con asociaciones mixtas muy patriarcales, muy machistas, y fue cuando unas mujeres hondureñas fundamos la Red de Hondureñas Migradas. En la red hondureña el 80% son trabajadoras del hogar y de cuidados. Vemos todos los atropellos que sufren con sus empleadores, sobre todo cuando no tienen papeles, lo que las hace más vulnerables todavía. Esa es una de nuestras líneas fuertes de acción. Hay gente que me pregunta qué hago yo en esa lucha si yo no soy empleada del hogar”. Pero Karen tiene claro que sí es su lucha.

Karen Patricia Rodríguez es de Honduras y de una asociación de hondureñas
Con los años Karen se ha convertido en activista por los derechos de las migrantes.

Migrante y activista

“Es cierto que el activismo me absorbe mucho tiempo. En lugar de llevar a los niños a la Warner, yo los llevo a las concentraciones feministas”, dice con una sonrisa. “Que el mayor me lo echa en cara, no te creas. Dice que son muy aburridas mis reuniones, que no quiere ir. Mi marido me apoya a medias. Cree que tengo que dedicar más tiempo a las oposiciones y menos al activismo. Y creo que tiene razón, pero muchas veces te dejas llevar más por lo emocional que por lo racional. Soy una persona muy peleona con respecto a mis ideales, no soy capaz de quedarme callada. Creo que hay veces que la gente piensa que busco lo imposible, como que busco la utopía, no sabría cómo decirlo”.

Karen propone hablar del momento más difícil desde que está aquí. “Aparte de los primeros años, que son muy duros, lo peor que te puede pasar es perder a uno de tus seres queridos. Mi papá… de repente esa noticia. Yo creo que es de lo más duro que puede vivir esa persona que ha migrado. Sobre todo de la impotencia de no haberte podido despedir. Esa llamada es de los peores momentos. Cuando dejas a tus familiares está siempre ese miedo, ¿los volveré a ver? No me imagino a las mujeres que dejan a sus hijos por darles una mejor vida. Tienes que ser muy fuerte y valiente para tomar una decisión así”.

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